La leyenda de Wan Hu

Wan Hu fue un funcionario de la dinastía Ming en el siglo XVI y que tenía cierta obsesión por viajar a la luna. Este hombre pudo haber sido el primer astronauta de la historia.

Es así como mientras contemplaba un exhibición de fuegos artificiales, se le ocurrió la idea de utilizar la propulsión de los cohetes para realizar el primer viaje espacial de la historia.

Luego de hacer sus cálculos, construyó su artefacto espacial que no era más que una silla de madera, la cual sería propulsada por 47 cohetes los más grandes que pudo conseguir.

Cuenta la historia que el día del lanzamiento se vistió con sus mejores galas, se subió a la silla y dispuso a 47 ayudantes, uno por cohete, para que prendiesen la mecha al mismo tiempo.

Una vez encendidos los cohetes, lo ayudantes se retiraron y boom una gran explosión se sucedió, lastimosamente cuando el humo se disipó, comprobaron que la nave y Wan Hu habían desaparecido.

Finalmente Wan Hu no pudo cumplir su sueño de viajar a la luna, pero muchos años más tarde el Apolo 11 fue impulsado por un cohete el Saturno V que llevo al hombre al espacio, tal como lo había soñado Wan Hu.

Hoy en día hay un cráter en la cara oculta de la Luna, bautizado en honor a este hombre con su nombre, también en el centro espacial chino hay un monumento en su honor.

La mujer que se lava las manos 300 veces al día

Ella es Julia Abdullah, tiene 40 años y vive en Malasia, estaba tan obsesionada con su higiene corporal que se lavaba las manos hasta 300 veces por día.

Además de esto solía pasar unas 5 horas diarias en la ducha, en donde se bañaba y enjuagaba el pelo con shampoo unas 25 veces al día.

Su manía por la limpieza corporal comenzó hace dos décadas cuando trabajaba en un laboratorio en donde debía manipular muestras de orina, materia fecal y sangre para pruebas de HIV.

Por esto debía higienizarse varias veces al día. Pero con el tiempo, su obligación comenzó a transformarse en una obsesión personal por la limpieza hasta desarrollar un Trastorno Obsesivo Compulsivo, tanto así que la piel de sus manos empezo a pelarse.

En palabras de la propia Julia:

“Pensé que iba a poder controlarlo, pero llego un momento en que estaba a punto de suicidarme” ya que por culpa de su obsesión se encerró en su casa, preocupada por una sola cosa: mantenerse limpia.

Luego de buscar ayuda profesional, Julia dice que ya retomó el control de su vida. Sin embargo el proceso de cura definitiva es largo y todavía sigue lavándose las manos muchas veces al día.