Cuerpos en espacios urbanos

Esta instalación intenta expresar el encierro físico y mental de a la que se ven sometidos muchos ciudadanos, para esto han colocado cuerpos en lugares imposibles y singularmente molestos, como en la pared de la entrada al metro, entre la baranda para subir unas escaleras, sostenidos contra el marco de una puerta, entre otros.

Creada por el artista Cie Willi Dorner en Londres, su intervención se llamo “Bodies in urban spaces” y llamo la atención de muchos transeúntes, que vieron en esta representación una de las fobias sociales más terribles, como lo es quedar atrapado en un lugar pequeño especio que te obligue a permancer inmóvil de cara a una pared o rincón olvidado.

Conquistando el equilibrio mental

Tratar de descifrar el rompecabezas del cerebro humano es algo imposible hasta para un neurocirujano. Y es que si no tenemos un equilibrio mental podemos llegar a la locura.

Lo necesitamos para ser felices, pero no siempre es fácil de conseguir. La clave: analizar nuestro mundo emocional inconsciente y aprender a disfrutar de la vida rompiendo el corsé de nuestros miedos.

Creemos que dominamos nuestras vidas, lo que no es del todo cierto. Todos tenemos dentro una “caja negra” cuyos contenidos no sabemos, con frecuencia, descifrar. Estamos hablando del mundo emocional que habita en nuestro inconsciente y que a veces nos hace amar a quien nos perjudica, no nos deja defender lo que queremos, nos convierte en agresivos… En otras ocasiones, en cambio, nos hace enamorarnos de quien nos quiere bien, nos ayuda a amar a los nuestros, a entender lo que nos ocurre y a encontrar placer en el hecho de vivir.

¿Cuándo podríamos considerar que hemos alcanzado un cierto equilibrio emocional? o ¿cómo podríamos conquistarlo? Quizá lo hemos logrado cuando sentimos que somos nosotros los que dirigimos nuestras vidas y que nos gusta cómo lo hacemos. Según Freud, los dos pilares fundamentales sobre los que se asienta la felicidad personal son las relaciones amorosas y el trabajo.

Cuando estamos conectados con nuestros deseos y vemos cómo se cumplen nuestras expectativas, nos encontramos rodeados de la gente a la que queremos y a la que podemos acudir si la necesitamos, sabemos defendernos y cuidarnos… es que hemos alcanzado un grado de equilibrio que se traduce en autonomía y madurez. Tal situación señalaría un grado saludable de equilibrio emocional.

El deseo de independencia, así como el reconocimiento de nuestras necesidades afectivas, es un signo de autonomía personal. A ello convendría añadir la capacidad de decir que no a lo que nos perjudica, lo que es tanto como reconocer nuestras debilidades. La madurez emocional implica haber alcanzado un acuerdo con nosotras mismas, lo que conlleva la capacidad de hacernos cargo de nuestra vida y de asumir las responsabilidades inherentes a nuestras ambiciones.

Muy al contrario, cuando no podemos disfrutar de lo que la vida nos ofrece, nos invade un malestar que con frecuencia se traduce en una queja continua, angustia, depresión o dificultades en la relación con los otros. En tales situaciones se multiplican los fracasos amorosos y los conflictos cotidianos en los ámbitos más importantes: el familiar y el laboral.

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